Revista K-Barakaldo

Mujeres de acero inoxidable. Memoria de las barakaldesas en el franquismo a partir del servicio doméstico

Eider de Dios Fernández

INTRODUCCIÓN

En el mismo centro de Barakaldo hay dos esculturas que recuerdan su pasado industrial; dos esculturas que están forjadas con el mismo material que forjó a Barakaldo tal y como fue, tal y como algunas y algunos lo recordamos: el acero. Me refiero concretamente al Monumento a la Industria y a las Chimeneas de Ibarrola. A pesar de la gran calidad artística e incluso emocional de esas piezas de arte, representan solo una parte del municipio; una parte importante, pero, al fin y al cabo, solo una parte, aunque su ubicación en el corazón baracaldés las convierta en una especie de significante de todo.

Cesárea Marco Esteban, foto tomada en la década de 1910. Archivo personal de la familia Mínguez Navarrete

Ambas figuras aparecen de forma explícita ligadas a la industria y ambas, aunque de una manera más obvia en el Monumento a la Industria, son un tributo hacia los obreros (masculino, plural) que hicieron de Barakaldo lo que es, además de constituir una representación de la masculinidad obrera del Gran Bilbao de la segunda mitad del siglo XX. La valía del obrero se demostraba por su sacrificio al trabajo. Trabajaban en su mayoría en la industria pesada vinculada al hierro y al acero y, como consecuencia, su ocio era un reflejo de la dureza de su trabajo, una exaltación de la virilidad. Por todo ello, en el Monumento a la Industria aparece un fuerte hombre desnudo blandiendo un gran martillo. Sin embargo, Barakaldo no sólo dependió de estos trabajadores industriales: las baracaldesas jugaron un papel fundamental en el desarrollo del municipio.

Es cierto que en Barakado también hay esculturas en las que se representan a algunas mujeres o a todas en su conjunto. Se encuentra por ejemplo el busto de Clara Campoamor, una mujer excepcional y que, precisamente por su excepcionalidad, aparece simplemente su cabeza. A Rosalía de Castro, en cambio, se la representa de cuerpo entero. No obstante, está sentada leyendo un libro a unos/as niños/as, destacando la faceta maternal de la pensadora gallega.

La última de las esculturas que vamos a comentar es la de Emakume, que constituye un homenaje a todas las mujeres barakaldesas. A diferencia de las otras dos esculturas, esta es más abstractizante. El motivo de que la imagen que proyecte no sea tan definida no es otro que buscar la representación de todas las barakaldesas, no de una en concreto. A pesar de todo, podemos ver cómo Emakume, que aparece sentada, porta un/una niño/a entre sus brazos. La diferencia con el Monumento a la Industria es clara, a los hombres se les homenajea en su faceta de trabajadores, a las mujeres en su faceta de madres.

En cualquier pueblo o ciudad las esculturas son importantes ya que fijan hitos urbanos. Los y las habitantes transcurren casi a diario por estas esculturas y se orientan a partir de ellas. Aunque no solemos detenemos a observarlas, emiten un claro mensaje. Visibilizan una realidad, pero invisibilizan otra. En este caso, destacan el trabajo reproductivo de las mujeres y no su trabajo remunerado. Sin embargo, las baracaldesas durante el franquismo y la transición, no solo fueron madres y amas de casa, también fueron trabajadoras. A pesar de las grandes limitaciones laborales franquistas, muchas mujeres no abandonaron el mercado laboral fueron modistas, costureras, trabajadoras a domicilio, pupileras…Y por supuesto, trabajadoras de hogar.

En este artículo se va a tratar de acceder a la memoria de las mujeres que trabajaron en el servicio doméstico durante el franquismo y la transición. Mujeres que bascularon entre el mercado sumergido de trabajo y el trabajo invisible del hogar. Para ello, nos serviremos del testimonio de cuatro mujeres nacidas entre 1941 y 1960, que trabajaron en el servicio doméstico durante el período que estudiamos y que constituyen en la práctica tres generaciones de trabajadoras de hogar. La fuente oral no solo nos ayuda a aproximarnos al conocimiento de lo que realmente ocurrió, especialmente cuando escasean otro tipo de fuentes, sino que, ante todo, nos permite conocer cómo los sujetos se conciben a sí mismos y en relación al medio que les rodea a partir de las categorías discursivas que tienen a su alcance y a través de las cuales interpretan su entorno1Llona, 2009:355-390.. La historia oral es la fuente que penetra en las capas de la memoria ya que, cuando una persona narra su memoria, está mostrando el sentido de sí misma a lo largo del tiempo2Thompson, 1988: 171..

LAS MUCHACHAS DEL SERVICIO

No se puede entender qué significó el servicio doméstico en el franquismo sin tener en cuenta el período anterior, La II República. Durante el período democrático, al igual que ocurrió con la situación legislativa general de las mujeres, se produjo de forma simultánea un importante avance formal y una grave incoherencia con respecto al servicio doméstico. La Ley de Contrato de Trabajo de 21 de noviembre de 1931 extendía las relaciones laborales al servicio doméstico a través de la estipulación del contrato de trabajo. Sin embargo, no se aportó una noción jurídica para su delimitación, y a partir de entonces, la mayor parte de disposiciones laborales incurrieron en la incoherencia de dejar al margen del articulado al servicio doméstico. Sin embargo, el hecho de que se reconociera como trabajo una actividad de carácter doméstico sin ánimo de lucro y que, al mismo tiempo, se dejaran relegadas a las muchachas en muchos aspectos de las leyes laborales impulsó por primera vez en el estado la sindicación de las sirvientas3Díez, 1995: 27..

Conchi Guisasola Cenicaonaindia sirviendo durante el verano de 1948 en Donostia. Su archivo personal.

En 1932, la UGT en su congreso nacional, siguiendo las directrices marcadas por la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, solicitó su reglamentación. Fue la CNT quien en mayor medida impulsó la integración de las sirvientas, que empezaron a denominarse empleadas del servicio doméstico en aras de un clima democrático e integrador. En diferentes ciudades, principalmente en Andalucía, pero también en otras como en Zaragoza, las criadas que se denominaban empleadas del servicio doméstico organizaron numerosas huelgas y movilizaciones con el objetivo de mejorar su situación laboral. Sin duda las imágenes de las criadas, descritas por aquel entonces como sujetos pasivos, reivindicando sus derechos suscitaron un gran recelo entre las clases acomodadas. Tal es así, que la huelga de criadas fijó una de las representaciones más recurrentes de las transgresiones que debían ser castigadas en la represión de posguerra4Prieto, 2012: 67-70; JIMÉNEZ, 2014..

Después de la Guerra Civil, varias circunstancias distorsionaron las posibilidades de las mujeres en el mercado laboral. Junto a las dificultades socioeconómicas de la posguerra, agravadas por el aislamiento internacional, cabe señalar las características propias de un régimen autoritario y conservador que derogó la legislación igualitaria desarrollada por la República y que impuso el modelo del ama de casa. Se redujeron notablemente los puestos de trabajo a los que tenían acceso las mujeres, se desincentivó el trabajo de la mujer casada y se les prohibieron ciertos trabajos. Ante estas circunstancias, los trabajos a los que las mujeres de clases humildes pudieron optar quedaron muy reducidos y, con ello, cualquier posibilidad de promoción y autonomía. El servicio doméstico fue uno de los escasos trabajos femeninos que aumentó tras la contienda, hasta dar lugar a la “edad de oro del servicio doméstico” en la España contemporánea. Este crecimiento fue acompañado por el aumento artificial de los servicios, sobre todo aquéllos vinculados al Estado5Carreras, 1989: 31..

A menudo se suele indicar que las circunstancias económicas fueron las que condujeron a la domesticación de las mujeres, es decir, a la consagración de estas a la esfera doméstica. Sin querer restar la importancia de la crisis económica de posguerra, confiar en este argumento dotaría de una inocencia de la que carecieron las élites franquistas: la domesticación de las mujeres respondió fundamentalmente a criterios ideológicos. No importaba que las mujeres trabajaran, de hecho, sabían que era necesario para levantar la situación de posguerra, pero querían que lo hicieran en y a domicilio y de manera que nunca igualase las condiciones laborales de los varones. De la misma manera, la identidad de “trabajador” recaería sobre el padre de familia, configurando así una sociedad de Ganadores de pan y Amas de casa. No obstante, como Pilar Pérez Fuentes demostró y aquí también se hará, esas amas de casa también “ganaron el pan”.

Bajo ese prisma, es lógico pensar que uno de los trabajos ideales fuera el servicio doméstico ya que relegaba a mujeres que se iniciaban en el mercado laboral al cuidado de los hogares. Si bien esta afirmación es cierta, el interés por propulsar el servicio doméstico iba más allá. El orden quebrantado durante la República y la Guerra Civil debía ser repuesto, y uno de los medios ideales para hacerlo era el servicio doméstico. Bajo la óptica de las personas adeptas a la dictadura, el servicio doméstico debía dejar de ser un trabajo para convertirse en un “servicio” de mutua voluntad (por parte de las sirvientas y de las familias “contratantes”), y de esa manera también se retornaría al “orden natural”, una sociedad dividida entre quienes sirven y quienes son servidos y servidas. Las personas adeptas al régimen vinculaban de una manera que parecía inequívoca el servicio doméstico con la pobreza y, a su vez, la pobreza con quienes habían perdido la Guerra Civil.

Para restaurar el orden quebrantado, era necesario que se educara o reeducara a las capas más humildes de la población, y en especial a las mujeres, en la obediencia y en la abnegación. ¿Cómo se realizó esta reeducación? Por una parte, el régimen contaba con sus propios medios para redimir a estas mujeres de la otra España que consistía precisamente en el servicio doméstico. Muchas de las mujeres que se quedaron viudas tras la guerra y que en gran parte sufrieron la expropiación de tierras y de su vivienda, acudieron al servicio doméstico como internas6Barranquero, 2007: 92-93.. De esta manera, al menos iban a tener cubierta la manutención, sobre todo teniendo en cuenta que sus expectativas laborales habían quedado diezmadas con la nueva legalidad. Igualmente, trabajando para una familia que guardara una mejor relación con el régimen o que fuera abiertamente adepta, podía procurar cierta seguridad.

Muchas de estas mujeres tuvieron que dejar a sus hijos e hijas a cargo del Auxilio Social para así poder servir a otras familias7Cenarro, 2010: 71-74.. A su vez, el Auxilio Social preparaba a las niñas que estaban bajo su tutela para que fueran futuras sirvientas8Cenarro, 2009: 96 (bis). Igualmente señalado por la delegada provincial de la Sección Femenina de Málaga, Werner, 1958: 100.. Este dato es muy importante, ya que nos indica que el horizonte social que el franquismo tenía previsto para las chicas pobres era que lo siguieran siendo y, por tanto, que reprodujeran el mismo status social del que partieron en posguerra. Y es que, a las mujeres, especialmente a las de las capas más humildes, se las educaba en la resignación. Debían conformarse con la situación que la vida les había deparado y no debían cambiarla ya que esta respondía al orden “natural” o incluso a un orden de carácter divino. De tal manera, las hijas de las “caídas”, de las presas políticas, de las personas represaliadas, es decir, las hijas de los vencidos y las vencidas iban a ser quienes sirvieran en casa de quienes habían vencido. No quiero decir con esto que todas las sirvientas fueran hijas de republicanos y republicanas, pero todas tenían una característica en común muy ligada a quienes perdieron la guerra: la pobreza.

Mujeres del servicio de Sefanitro.

Por otra parte, encontramos la reeducación y domesticación a través de instituciones religiosas. La estrecha relación entre asociaciones católicas y el servicio doméstico venía de la segunda mitad del siglo XIX, a través especialmente de obras como Las Adoratrices, las Escuelas Dominicales y especialmente las Esclavas del Servicio Doméstico. A las muchachas venidas del campo que acudían a estas obras se las instruía para que tuvieran una recia moral con el fin de que no pudieran caer en lo que escondían las luces de la ciudad. Sin embargo, a esta labor de instrucción durante el primer franquismo se le sumó la reordenación y la justificación del orden social. La Iglesia comprendía el apostolado con las sirvientas como un ejercicio necesario: inculcar valores cristianos a las sirvientas era una garantía de futuro para que éstas, cuando se casaran, pudieran recatolizar el hogar obrero. Esta formación en la obediencia de la criada tenía un sentido puramente práctico, ya que criadas obedientes educarían a la mano de obra en la sumisión y en el respeto al orden preestablecido.

No obstante, sabemos que no solo las obras dedicadas a las sirvientas se encargaron de la reordenación de las muchachas desfavorecidas y, por ende, de la clase trabajadora. A través de la experiencia de nuestras entrevistadas sabemos que desde algunas escuelas regulares se conducía a las niñas de familias humildes hacia el servicio doméstico, como explica Josefa Costa Aced9Josefa Costa, aldea de Burgos, 05-03-1941. Josefa nació en el seno de una familia humilde, de pequeños agricultores y ganaderos empobrecidos por la guerra. Cuando Josefa tenía unos cinco años, la familia se trasladó a Burgos para salir de la escasez, pero no fue así. Unos años después se desplazó al País Vasco, donde ya habían emigrado años atrás los abuelos. A los once años su madre la puso a servir cuidando a unos niños y atendiendo un bar. En ese momento, su familia consiguió ahorrar y así poder dejar la casa de vecinos en Barakaldo para alquilar una casa en Cotorrio, Zona Minera. A partir de entonces, Josefa trabajó de interina hasta que obtuvo un puesto de camarera en un comedor industrial. Al casarse abandonó este último trabajo porque su marido le impidió continuar haciéndolo. No obstante, con dos hijas y un hijo, y con su marido militante del PCE continuamente de huelga, sancionado o detenido, Josefa tuvo que volver a trabajar de interina. Desde entonces hasta 2008 ha estado trabajando de interina y/o cuidando ancianos/as. Entrevista realizada por Eider de Dios, en Trapagarán a 12 de marzo de 2009.. La familia de Josefa quedó dividida tras el 18 de julio de 1939, la rama paterna había apoyado el golpe militar, mientras que la materna había permanecido fiel al régimen democrático. Cuando acabó la guerra, a los abuelos maternos les fueron expropiados sus bienes y varios tíos fueron encarcelados. Ante esa situación y con el miedo a futuras represalias, los abuelos de Josefa decidieron emigrar a Barakaldo y años después los padres de Josefa hicieron lo mismo. Josefa nos cuenta cómo a su llegada a la villa, su abuela la llevó a un colegio donde básicamente le enseñaron a servir:

“Mi abuela – cuenta Josefa – me metió a las Salesianas para que aprendiera a planchar y eso que enseñaban, pero a mí en vez de enseñarme me pusieron a trabajar. Ese colegio era de pago y no pagábamos… La única que me enseñó un poco fue una monja muy buena, pero las demás me ponían a limpiar. Pero al poco cambiaron del colegio a la monja yo ya me marché y ya me puso mi madre a servir”10Fragmento de entrevista realizada por Eider de Dios Fernández a Josefa Costa Aced, en Trapagaran a 12 de marzo de 2009..

En este fragmento, Josefa explica cómo había un tipo de alumnas, las de pago o las señoritas, que accedían a una educación muy enclavada en parámetros de género del franquismo pero cierta educación al fin y al cabo, y cómo para otro tipo de alumnas, las gratuitas, la educación era de carácter gracioso, supeditado a la buena voluntad de las docentes. Este relato nos remite a la clasificación de las niñas mediante la escuela. Así se establecían dos tipos de alumnas, las de pago o señoritas, y las gratuitas o antoñitas, que tenían una educación menos esmerada y a menudo se les solía encargar la limpieza de las instalaciones. Era indispensable enseñar a las niñas a que aceptaran y asumieran la clase social a la que pertenecían y a que actuaran de acuerdo a ello11Peinado, 2012: 70-76.. Si la educación franquista era un modelo de reproducción social, donde primaban las relaciones de poder sobre las del saber, debemos pensar que el servicio doméstico era su máximo exponente. A través de aprender a planchar o a cocinar, le estaban enseñando a saber obedecer y a ser una buena criada, porque el destino de las pobres y de las iletradas era casi irremediablemente (y sobre todo en el contexto urbano) el servicio doméstico, o por lo menos así lo entendía el discurso oficial.

Teniendo en cuenta lo anterior, nos podemos preguntar cómo fue el servicio doméstico en estos primeros años de la dictadura. El servicio doméstico no estuvo regulado en el franquismo. A las trabajadoras del sector se las excluyó de la Ley sobre descanso dominical de 1940; de la Orden de aplicación del Plus Familiar; del Decreto sobre Accidentes de Trabajo de 1944 y de la Ley del subsidio Familiar y el Subsidio de Vejez en 1940. También se excluyó al servicio doméstico de la Ley de Contratos de Trabajo de 1944, aunque aquí si se definió lo que se entendía por servicio doméstico, precisamente como una actividad que se prestaba “mediante el jornal, sueldo, salario o remuneración de otro género o sin ella12Decreto de 26 de enero de 1944 por el que se aprueba el texto refundado del libro I de la Ley de Contratos de Trabajo, BOE, n. 5, p. 1627.. En el proyecto nacional católico, el servicio en los hogares era un aspecto intrínseco a la organización de los hogares, e incumbía exclusivamente a las familias; lo fiaba al ámbito privado, tanto su trato como su regulación, confiaba así en los buenos usos y prácticas que se llevaran a cabo dentro de un ambiente católico. Teóricamente el Estado no debía intervenir en su regulación, ya que afectaría a un pilar fundamental de control social del régimen, la familia. Por omisión se estaba relegando a una ingente cantidad de mujeres al limbo jurídico de la economía sumergida y a su total invisibilización.

La mayor parte de mujeres que entraban en el servicio doméstico durante los cuarenta, cincuenta y sesenta lo hacían de chica para todo. Sus tareas iban desde la preparación de la comida, la limpieza de la casa o el cuidado de niñas y niños.

Pasemos ahora a analizar cómo entendían nuestras entrevistadas el servicio durante esta época. El caso de Elena Marías13Elena Marías Ría, aldea de Málaga, 15-04-1951. Elena fue una de las hijas mayores de un matrimonio de jornaleros con quince hijos/as. Apenas pudo ir a la escuela ya que tenía que ayudar a sus padres en las tareas del campo. A los ocho años comenzó a servir en la casa de uno de sus tíos, un pequeño terrateniente. A los quince años emigró a Bilbao para trabajar de interna en el servicio doméstico. Cuando Elena contrajo matrimonio, continuó trabajando de interina salvo en un breve período cuando sus dos hijos fueron pequeños. Desde entonces ha combinado trabajos de externa fija con trabajos temporales en empresas de limpieza. Hace pocos años se ha formado en otra profesión en espera de su jubilación. Entrevista realizada por Eider de Dios Fernández, en Baracaldo a 28-02-2011. es muy significativo al respecto, reconoce las malas condiciones en las que se movía el servicio doméstico en comparación con otros sectores, pero aun así no tiene una mala experiencia al respecto y además nos cuenta el valor que daba a su propio trabajo:

“Te daban de comer, – recuerda Elena – era por un cacho de pan o de membrillo. Porque yo cuando iba a por aceitunas, sí me daba un sueldo, pero el que les daban a los niños. Porque, por ejemplo, mis hermanos echaban unos jornales, igual no eran dinero: tantas libras de aceite o tantos kilos de arena… Pero me hacía ilusión ir a trabajar porque era como una ayuda que yo aportaba a casa.”14Fragmento de entrevista realizada por Eider de Dios, a Elena Marías Ría, en Barakaldo a 28 de febrero de 2011.

Mujeres de servicio de Sefanitro.

Este primer trabajo en el servicio de Elena Marías, como el de muchas mujeres de su generación, fue en su pueblo natal y cuando todavía era una niña. Aunque Elena reconoce la injusticia que le suponía no recibir jornal por su trabajo cuando los trabajadores del campo sí lo recibían, cree que los amos se aprovechaban de la necesidad de las familias que tenían que poner a sus hijos e hijas a trabajar. A pesar de que trabajaran igual que la gente de mayor edad, recibían una menor retribución, y las niñas que trabajaban en el servicio doméstico ni siquiera tenían eso. Pero a ella le gustaba poder ser retribuida, ya que así sentía que ayudaba más a su familia.

En el campo, al menos en las primeras décadas del franquismo, la retribución del servicio doméstico en moneda o incluso en especie debió ser algo excepcional, anecdótico o complementario. En las ciudades el salario fue algo más común. En los casos en los que se remuneraba, el sueldo de las muchachas era inferior al de otros sectores laborales femeninos, aunque estos bajos salarios intentaban compensarse con una serie de primas.

El escritor, abogado y adepto al régimen, Fernando Vizcaíno Casas, en su novela Chicas de Servir (1984) explicaba de esta manera las formas de pagos establecidos en el servicio doméstico en el tiempo de la posguerra: “Bueno, pues nosotros podemos ofrecerle 16 pesetas mensuales. Y además la vestiremos, que en esta casa somos siete mujeres y siempre sobra algún traje, todavía en buen uso, por supuesto15VIZCAÍNO, 1985: 54.. Vizcaíno Casas describía que en sí el salario era muy bajo, pero parte de la remuneración consistía en regalos caritativos de prendas de segunda mano. Obviamente, con el tiempo los salarios fueron incrementándose, pero esta tendencia a justificar los bajos sueldos mediante las donaciones de la ropa que la familia empleadora rechazaba se mantuvo en el tiempo dentro de un sistema de contraprestaciones.

Angelita Maza. Archivo Personal de la familia Fernández Cuesta.

Para el discurso oficial del régimen, el servicio doméstico se concebía como una especie de oportunidad que se les daba a las chicas más humildes, un favor y no como un trabajo que debía ser justamente remunerado. Esa concepción de carácter gracioso del servicio doméstico se dejaba notar en el nombre de la especie de seguro laboral con el que contaron las mujeres del servicio doméstico desde 1959 hasta 1969: el Montepío del Servicio Doméstico. Como la propia nominación indica, se trataba de una mutualidad más que un seguro propiamente dicho, y en realidad su objetivo no fue tanto proteger a las muchachas en caso de enfermedad o accidente laboral sino, liberar a las familias de clases medias y altas de tener que cubrir los gastos de dicha contrariedad médica. De todas maneras, al servicio doméstico se le quería dotar de una pátina de paternalismo, se pretendía mostrar que las familias “contratantes” se preocupaban de las muchachas y les proporcionaban ciertos conocimientos. Aunque en algunos casos las muchachas pudieron sentirse de alguna manera protegidas por estas familias, era este paternalismo el que alejaba al servicio doméstico de ser concebido como un trabajo en sentido estricto.

Aun y todo no debemos pensar que la experiencia de las mujeres en el servicio doméstico durante el primer franquismo pudiera ser del todo negativa. Primero, como se ha dicho, porque el hecho de ponerse a servir para una familia que no tuviera un pasado republicano podía dar a las sirvientas cierta seguridad en un contexto de dura represión. En segundo lugar, durante la posguerra el servicio doméstico constituyó una forma de huir a la ciudad, donde se creía que se iba a estar más a salvo de la represión directa. En tercer lugar, a pesar de que en algunas casas las condiciones en las que tuvieron que vivir las muchachas fueron extremadamente duras, el hecho de que hubiera tanta demanda de servicio doméstico favorecía que las muchachas cambiasen de casa con total facilidad para así mejorar su situación. Incluso, podemos pensar que ponerse a servir, sobre todo en la ciudad, dotaba a estas mujeres de cierta independencia algo sumamente positivo sobre todo en un contexto en el que las posibilidades laborales de las mujeres estaban tan reducidas. Además, según pasó la posguerra y la remuneración económica fue más común en el sector, el servicio doméstico reportó a sus trabajadoras una agencia económica e incluso una capacidad de ahorro de los que no disfrutaban otras mujeres. Todo ello no reduce las duras condiciones en las que tuvieron que vivir las mujeres que trabajaron en el sector, pero nos puede ayudar a equilibrar hasta cierto punto la imagen que tenemos del servicio doméstico.

LAS EMPLEADAS DE HOGAR

El boom del servicio doméstico durante el desarrollismo estuvo muy ligado a la llegada de inmigrantes a Barakaldo como a otras ciudades del Gran Bilbao. Si desde el siglo XIX hasta la década de los treinta en el Gran Bilbao el origen de las sirvientas había sido principalmente local y el número de inmigrantes era muy reducido, a partir de esa fecha cambiaron las tornas. En 1940 el 27,27% de las criadas eran inmigrantes de media o larga distancia y las nativas y el resto de vizcaínas eran 63,63%. En 1960, el número de locales se redujo muchísimo y las castellanas, gallegas, cántabras y asturianas (fundamentalmente) se convirtieron en el 60,36%16GONZÁLEZ, 2009: 559.. Podemos pensar que con el paso del tiempo mientras las lugareñas fueron teniendo mayores opciones laborales, o mayores recursos y pudieron ir abandonado el servicio doméstico interno, las inmigrantes fueron entendiendo el servicio doméstico como la opción “menos mala”, y, de hecho, lo convirtieron en su fórmula para emigrar.

Como es sabido, durante las décadas de los cincuenta y sesenta había muy pocos pisos disponibles y las personas migrantes tampoco podían acceder a las ventas. Para la emigración familiar la solución solía ser vivir en una casa de vecinos. Eran viviendas que se alquilaban cada habitación a una familia teniendo que compartir entre todas la cocina y el baño, como fue el caso de Josefa Costa, y el chabolismo en barrios como Beurko. Hacia mediados de los sesenta se crearon iniciativas públicas para la creación de barrios residenciales en Bizkaia. También algunas empresas privadas, como es el caso de Altos Hornos, intervinieron en el problema de la vivienda proporcionando, bien directamente o por medio de patronatos concertados con empresas locales, la construcción de viviendas para los trabajadores. Estas iniciativas, no estuvieron exentas de una clara intención paternalista17PÉREZ, 2002.. Las agrupaciones asistencial-recreativas, las mutuas…también jugaron un papel muy importante en cuanto buscar soluciones al problema de la vivienda. En este aspecto, encontramos el caso del Centro Gallego mandó construir en Arteagabeitia-Zuazo 330 pisos para socios y socias que no tuvieran vivienda18Ver Proyecto de ejecución de 330 viviendas y círculo recreativo. Arquitecto José Sans Gironella, promotor Centro Gallego. Archivo histórico de Barakaldo..

En el caso de emigración individual masculina, la opción era vivir de patrona. Eran hostales ilegales dispuestos por madres de familia que en su propio domicilio disponían camas para pupilos y según el dinero que pagaban también les incluía la manutención y la limpieza de ropas. A su vez, el pupilaje estaba muy relacionado con el servicio doméstico ya que era un trabajo que podían realizar las mujeres de clase humilde cuando tenían niños pequeños. Debido al gran poder de atracción de la industria barakaldesa, el pupilaje se convirtió en una actividad común entre las mujeres casadas.

Bajo este panorama podemos comprender cómo para muchas jóvenes la opción de emigrar a través del servicio doméstico les parecería la más adecuada: iban a la ciudad, pero lo hacían en un marco que les parecía seguro, como era el familiar. No tenían que preocuparse por el alojamiento y la manutención, ya que lo tenían cubierto y les permitía tener una capacidad ahorradora nada despreciable.

Ahora bien, ¿Por qué emigraban estas mujeres? El cambio de orientación económica introducido con los tecnócratas en 1957 y en 1959 con el Plan de Estabilización fue, en cierta manera, una respuesta a los serios disturbios sociales de 1956 provenientes de la huelga de estudiantes y de trabajadores. Debemos dejar de observar el desarrollismo como un fenómeno exclusivamente económico. El desarrollismo fue también y, sobre todo, consecuencia de un cambio de actitudes. El cambio se hizo patente, entre otras cosas, en la disposición de emigrar. El hecho de que gran parte de las y los jóvenes no quisieran continuar aceptando pasivamente la vida que habían seguido sus antepasados ya es un claro signo de que gran parte de la población estaba sumergida en ese cambio de mentalidades antes del auge económico o paralelamente a él19W. L. Bernecker. “El cambio de mentalidad en el segundo franquismo”, en N. Townson (ed.). España en el cambio. El segundo franquismo 1959-1975, Siglo XXI, Madrid, 2009, pp. 49-50.. Este cambio de mentalidades, estas ganas de modificar sus trayectorias vitales y de mejorar las expectativas de juventud están presentes en el testimonio de nuestras entrevistadas que hacia mediados o finales de los cincuenta decidieron emigrar a Barakaldo para trabajar, pero, sobre todo, para labrarse un nuevo futuro, uno ajeno al que habían tenido sus padres. Estas mujeres ya no emigraban huyendo de la represión que continuó tras la Guerra Civil, lo hicieron porque quisieron ampliar sus horizontes y mejorar sus expectativas de juventud. Escuchemos a Anabel Marías20Anabel Marías Ría, aldea rural de Málaga, 19-12-1952. Es una de las hijas/os medianas/os de una familia de jornaleros con quince hijas/os. Como no era buena estudiante, la abuela materna, que ya vivía en Barakaldo, convenció a la madre de Anabel para que ésta se traslade a vivir con ella y así ayudarla a cuidar de la familia que con anterioridad había emigrado. De esta manera llegó a Barakaldo con catorce años. Como su abuela tenía piso en Barakaldo, comenzó a trabajar en un primer momento de interina pero, según sus hermanos fueron llegando de Málaga, Anabel se sintió cada vez más incómoda en el piso, de manera que se metió de interna en una casa. Empezó a tener contacto con gente de la JOC y poco a poco fue generando un sentimiento de que quería abandonar el servicio doméstico porque no le veía sentido, así que probó suerte en la industria. En la JOC se reunió con otras empleadas de hogar para hacer cursos de formación y cultura y, también, para intentar mejorar la situación laboral. Comenzó a militar en partidos antifranquistas y, más adelante, en agrupaciones feministas. Entrevista realizada por Eider de Dios Fernández, en Barakaldo a 16-02-2011.:

“Yo me acuerdo -cuenta Anabel- que la mayor ilusión era que me habían dicho que había mucha gente. Que me podía sentar en un banco todo el día y que nunca iba a ver la misma gente. Aquello me parecía, ¡Una cosa increíble! Y me pasaba las horas así, sentada sola a ver a gente. Fue una época de descubrimiento, la diferencia de un pueblo que tendría 2.000 habitantes que conoces a todos a venir a un pueblo grande…”21Fragmento de entrevista realizada por Eider de Dios Fernández a Anabel Marías Ría, en Barakaldo a 16 de febrero de 2011..

Anabel se sintió integrada desde un primer momento a la vida en Barakaldo. Pero no siempre el cambio fue incorporado como algo positivo. Hubo muchachas que, a pesar de que sentían que debían emigrar y cambiar de vida al acudir al Gran Bilbao, se sintieron encerradas, como, por ejemplo, la hermana de Anabel, Elena, que al pasar del campo a la ciudad sintió “que le faltaba el aire”:

“Lo primero mucho coche, mucha gente, muchas luces y sobre todo por la noche – recuerda Elena -. El ambiente oscuro, una tristeza, acostumbrada al cielo azul, con estrellas, y aquí tanto humo. Mi abuela vivía por la parte de debajo de Barakaldo: ¡Una bovina de Altos Hornos, el cielo rojo por las noches se me hacía como el infierno! (ríe). Todo fábricas, un cambio como que te ahogas, totalmente distinto”22Fragmento de entrevista realizada por Eider de Dios, a Elena Marías Ría, en Barakaldo a 28 de febrero de 2011..

Documento perteneciente a la colección de carteles del Centro de Documentación de Mujeres-Emakumeen Dokumentazio Zentroa. Década de 1980.

Observamos cómo el mismo hecho es vivido de formas dispares por mujeres procedentes del mismo ambiente. Para una, mudarse a Barakaldo supone una brisa de aire fresco y a la otra le provoca un sentimiento de ahogo. Elena describe un Barakaldo industrial, que, con sus partes positivas y negativas, parece estar muy alejado del de hoy en día. Con el paso del tiempo, Elena se fue sintiendo más a gusto en el Gran Bilbao hasta el punto que nunca se ha planteado retornar a Málaga. Sin embargo, esa sensación de claustrofobia es frecuente entre las muchachas del servicio, no tanto como consecuencia del cambio cultural que describe Elena (la mayoría de las mujeres a las que me he referido lo vivieron como algo positivo), sino porque al entrar de internas pasaban a tener un horario de trabajo mucho más estricto que el que habían tenido en el campo y muy escasas horas en el exterior.

De todas maneras, el servicio doméstico estaba cambiando. Las mujeres que entraron en el sector durante estos años no lo hicieron en las mismas condiciones que lo hicieron sus predecesoras. Estas nuevas trabajadoras se corresponden con el cambio de modelo de mujer que se dio desde finales de los cincuenta y que impulsaba un modelo femenino mucho más dinámico que el anterior del ama de casa. Concretamente, se estaban dando los primeros pasos hacia el modelo de mujer trabajadora. Poco a poco el servicio doméstico se fue convirtiendo en un empleo, y como tal, sus empleadas no iban a tolerar abusos de poder por parte de sus superiores. Esto no implica que se pasara de un régimen paternalista a otro plenamente laboral, no, estamos ante un sistema de relaciones mixtas en donde se podía agradecer en los señores cierta preocupación por la muchacha de servicio. Este cambio de relación entre “señores y criadas” se corresponde, como se ha dicho, con el cambio de modelo de mujer, pero también con la aparición de un nuevo agente histórico: la interina. La interina era la trabajadora por horas que acudía a una casa para ocuparse de la limpieza y/o del cuidado de las personas dependientes. Tenía sus horarios mucho más limitados de lo que lo tenían las internas, y sus tareas podían estar mejor definidas para dejar de ser así “chicas para todo”.

Las interinas tuvieron mucho que ver en que el servicio doméstico se fuera interpretando como un trabajo y en que las trabajadoras internas pudieran estipular ciertos límites en su trabajo. No es casualidad que en el desarrollismo de los pocos oficios femeninos que aparecieran en las películas españolas fuera el de la sirvienta que además pasó de tener un papel secundario para convertirse en el personaje principal. Gracita Morales es parte del imaginario popular, pero no todo el mundo se ha dado cuenta de que sus películas mostraban el cambio de modelo de mujer y el cambio del servicio doméstico hacia el empleo. En una primera lectura diríamos que estas películas realizadas en tono burlón pretendían ridiculizar a la sirvienta. Sin embargo, y a pesar el carácter de la protagonista o precisamente gracias a éste, en estas películas se hacía también crítica a las familias que contrataban estos servicios, y en especial a las señoras de la casa que se las solía mostrar como haraganas. En este contexto, Gracita aparecía como una especie de heroína que con su trabajo tenía que lograr la correcta marcha de la familia que la había contratado. Obviamente, hubo mujeres que trabajaron en el servicio doméstico como Maribel Marías que se sentían incómodas con este tipo de películas porque creían que en ellas se las ridiculizaba. Al mismo tiempo hubo mujeres como Josefa Costa que se sintieron identificadas con sus protagonistas ya que creían que se reflejaba bien la situación del servicio doméstico. Incluso, podían sentirse identificadas con las críticas que se vertían sobre las gracitas, por ejemplo, sobre la frecuencia con la que cambiaban de casa. Carmina Villa Pozas23Carmina Villa Pozas, aldea de Valladolid, 24-10-1946. Los padres de Carmina habían emigrado a Bilbao de solteros, donde su padre había trabajado en Altos Hornos y su madre había servido en la casa de un médico. Volvieron a Valladolid para casarse y allí nació Carmina junto a otro de sus tres hermanos. Cuando Carmina todavía era una niña, sus padres decidieron volver a Vizcaya para instalarse en Trapagaran. Carmina acudió al colegio y ayudó a su madre en las labores de la casa hasta que se casó. Al poco de tener su segundo hijo, su marido, obrero de Altos Hornos, murió en un accidente de trabajo. Carmina se puso a trabajar de interina en casas de la margen derecha del río Nervión. Fundamentalmente ha trabajado como externa fija y también ha trabajado en municipios de la margen izquierda, como Barakaldo, o la zona Minera, como el propio Trapagaran. Debido a su escasa cotización, decidió jubilarse con la pensión de su marido en lugar de con la suya propia. Entrevista realizada por Eider de Dios Fernández, en Trapagaran a 3-04-2010. Entrevista depositada en Ahozko Historiaren Artxiboa/Archivo de la Memoria (AHOA). empezó en el trabajo extradoméstico como interina cuando se quedó viuda, ya que era uno de los pocos trabajos a los que una mujer sin estudios y con cargas familiares podía acudir en caso de urgencia económica. Como otras muchas mujeres, decidió cambiarse de casa siempre que sus condiciones no le convinieran o siempre que la relación con la señora fuera complicada:

“Ya sabes qué decía (Gracita Morales): <¡Señorito!> -cuenta Carmina-. Y cuando no está bien en una casa porque no le trataban bien, que tiene películas así, se marchaba a otra, claro que se reflejaba, como me ha pasado a mí en cuarenta casas, cuando no aguantabas. En Barakaldo, te voy a decir, he estado tres días, tres días he durado. Pues era un matrimonio con un niño y salían por la mañana los tres a trabajar. El marido parecía muy majo y el niño también, pero ella… ¡rediez hija mía! Si tenías que mover el cenicero para limpiar el polvo, como lo pondrías (sic) más allá o más acá, ya lo notaba y me chillaba. […]. Tres días duré”24Entrevista realizada por Eider de Dios Fernández a Carmina Villa Pozas, en Trapagarán a 3-04-2010..

Existen interpretaciones sobre las películas del servicio que ven a quien emplea como víctima de los caprichos y las veleidades de sus empleadas. Pues bien, en este caso, un aspecto criticado en las empleadas de hogar de los sesenta, el escaso aguante o capacidad de sacrificio, es defendido por Carmina como el camino a seguir: si la chica no se sentía cómoda en una casa, debía cambiar. En este caso, Carmina creía que no tenía que soportar la fiscalización ejercida por la señora. Le gustaba que en las películas aparecieran esos aspectos, lejos de sentirse avergonzada por ello se sentía empoderada porque se vieran los despropósitos que las trabajadoras debían aguantar. Pero al mismo tiempo, también le agradaba que se indicara que la empleada de hogar siempre tuviera el recurso de escapar de aquellas situaciones con dignidad y compostura. Uso el término empleadas de hogar porque fue a finales de la década de los sesenta cuando colectivos del apostolado laico como la Juventud Obrera Católica (JOC) comenzaron a formar grupos para las chicas del servicio reclamaran la igualación del sector al resto de sectores laborales y que fueran denominadas empleadas de hogar.

En efecto, la JOC fue el primer colectivo que después de la II República incorporó a las trabajadoras de hogar dentro del movimiento obrero. De hecho, la JOC estuvo luchando para mejorar la situación de estas trabajadoras y proponiendo al mismo tiempo la desaparición del servicio doméstico a favor de los servicios colectivos públicos. El peso de los años de reivindicaciones continuas de la JOC consiguió que para la altura de la Transición la sociedad se hiciera consciente de la situación de las trabajadoras del servicio doméstico. De todas maneras, entre 1976 y 1977, la JOC había atemperado su discurso y la organización entró entonces en una profunda crisis. Parecía que la batuta de estas reivindicaciones de la JOC la fueran a coger los sindicatos que poco a poco se fueron legalizando. No obstante, ante la incomprensión de sus camaradas varones, la lucha de las trabajadoras del servicio doméstico parecía no poder encauzarse en los sindicatos de clase: debía hacerse desde el feminismo.

A partir de la década de los ochenta, la lucha se enraizó en el feminismo y a través de esa relación, el movimiento de las ahora trabajadoras de hogar y el feminismo se robustecieron mutuamente. Las trabajadoras de hogar asumieron las prácticas de acción directa que el feminismo había diseñado, y el feminismo, a través de estas trabajadoras, pudo llevar a la práctica gran parte de sus presupuestos teóricos. Y así fue como en 1985 se creó la Asociación de Trabajadoras de Hogar de Bizkaia (ATH-ELE), justamente en el año que el Real Decreto sobre el Trabajo del Hogar Familiar, la primera regulación desde la época republicana, oficialmente las convertía en trabajadoras de tercera clase. Esta regulación discriminatoria tuvo lugar además en un momento en el que estas trabajadoras se pudieron convertir en el único agente económico de sus hogares debido a la grave desindustrialización y crisis económica que estaba viviendo el país25DE DIOS, 2018.. Demostraban que a pesar de tener unos derechos de papel mojado eran mujeres de acero inoxidable.

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