Revista K-Barakaldo

Las mujeres no olvidan: feminismo, lucha obrera y la desindustrialización en la margen izquierda (1970-1994)

David Beorlegui Zarranz

Ezkerraldeko emakume sindikalista batzuen testigantzak oinarri hartuta, lan mundua eta feminismoa uztartzen dituen ibilbide bat proposatzen da testu honetan. Hitza hartu eta aldarrikapenei ahotsa emateak izandako garrantzia sinbolikoarekin batera etorri zen lantegiko militantzia moldeak berrien aldarrikapena. Desindustrializazio prozesuak ordura arte lortutako aurrerapenen desagertzea ekarri zuen, lan urritasunaren aurrean gizonena lehenetsiz, esaterako. Lekukotzen subjektibotasuna bizipenen eraldaketen isla izango da.

Las localidades de Barakaldo y Sestao constituyeron uno de los puntos más densamente industrializados de la península durante el siglo veinte y son depositarias de una importante tradición fabril que marcó poderosamente las vidas de miles de personas. Las empresas de la Margen Izquierda favorecieron la absorción de ingentes cantidades de población migrante que acudía desde distintas provincias atraídas por las altas tasas de empleo en la zona, en un proceso que alcanzó su punto álgido durante la segunda industrialización que se produjo durante las políticas desarrollistas impulsadas por la dictadura franquista desde la segunda mitad de los años cincuenta. Empresas como Altos Hornos de Bizkaia, General Eléctrica, Babcock Wilcox o La Naval, por citar sólo algunas de las más conocidas, constituyeron verdaderos emblemas sociales que formaron parte integral del paisaje y favorecieron el crecimiento y la cohesión de la comarca, al servir de sustento de miles de familias cuya vida transcurría a diario entre el humo de las chimeneas y el fragor de las fábricas1RUZAFA, 2017: 5..

Los puestos de trabajo que se generaron en las grandes empresas de la Margen Izquierda tuvieron un carácter eminentemente masculino que también formó parte del universo obrero. Las mujeres veían restringido el empleo por la legislación franquista y quedaron relegadas en la mayoría de los casos a los empleos peor pagados y de menor consideración, como sucedía con el caso de la administración, la limpieza y los economatos. Las tasas de ocupación femenina con las que contamos, además, resultan muy problemáticas si se tiene en cuenta que a la altura de 1950 arrojan un exiguo 10% de mujeres asalariadas, un porcentaje que se doblaría para finales de los años setenta e inicios de los ochenta2AIZPURU, 2004: 55.. La mayor parte de las mujeres de la zona realizaron durante la práctica totalidad del siglo veinte un trabajo sumergido y poco remunerado que estuvo fundamentalmente vinculado a los sectores de limpieza y cuidados3DE DIOS, 2017.. La invisibilidad de las mujeres en su conjunto como parte de la vida económica de la Margen Izquierda invita a analizar la historia social del trabajo desde un prisma distinto al empleado hasta el momento, incorporando una perspectiva que asigne una centralidad a experiencias diferenciadas de la lucha obrera en función del género.

El carácter firmemente masculinizado de las industrias puede extrapolarse con facilidad al potente movimiento obrero que comenzó a desarrollarse en la zona durante la dictadura de Franco y también a una historiografía que se ha centrado casi exclusivamente en “los hombres que protagonizaron el movimiento obrero vizcaíno”4YBARRA, 2016: 54.. El objetivo de este artículo es el de abordar la memoria de la lucha obrera desde la perspectiva de las militantes que formaron parte de ella. En las páginas que siguen proponemos un recorrido por los anhelos, vivencias, recuerdos y sentimientos de un grupo de mujeres que formó parte destacada de la que fuera la última gran oleada de protestas del pasado siglo veinte. Para ello nos servimos de una metodología de historia oral basada en la realización de entrevistas con antiguas militantes sindicales de Barakaldo y Sestao. Se trata de fuentes creadas mediante procesos colaborativos en un formato de historia de vida que privilegia los términos elegidos por la persona entrevistada para contar su vida, esto es, su narrativa, en aras a visibilizar experiencias poco conocidas que son susceptibles de nuevas interpretaciones desde las preocupaciones que asedian tanto a la persona que entrevista como a quien es entrevistada. Esos testimonios, por tanto, son complejos artefactos culturales que dan cuenta de la conformación histórica de la subjetividad y de los mundos que ella habita, favoreciendo toda una serie de diálogos entre lo acontecido en el pasado y el modo en que es recordado en el presente5PORTELLI, 1991: 42. LLONA, 2012: 15-60..

La primera parte del texto se centra en analizar la entrada de las mujeres en el mundo fabril y en las organizaciones sindicales que se desenvolvían en ese escenario. Los relatos estudiados permiten detectar el impresionante caudal transformador que se generó en la Margen Izquierda al hilo de las luchas fabriles de los años setenta, pero también importantes tensiones en el interior de las organizaciones obreras como consecuencia del influjo que tenían en ellas determinados estereotipos de género. La segunda parte, en cambio, transcurre en el escenario años ochenta, muy marcado por la crisis y el desmantelamiento de las industrias, pero también por la consolidación y el desarrollo del movimiento feminista. Teniendo en cuenta que el recorrido propuesto en estas páginas no obedece tanto al tiempo inmóvil de la cronología histórica sino a los límites cambiantes de la memoria, este tendrá algo de esbozo fragmentario, apuntando en todo caso a rescatar del olvido toda una serie de procesos de empoderamiento que nutren y dotan de sentido histórico a la memoria y la subjetividad feministas.

La trayectoria de las entrevistadas en este texto sería un tanto excepcional si tenemos en cuenta que, a diferencia de la mayoría de sus coetáneas, desempeñaron su actividad laboral, sindical y política en el marco de las grandes unidades productivas de la ría. Las cinco narradoras comparten un perfil similar. Todas ellas nacieron durante los años cincuenta y trabajaron en las grandes fábricas de la Margen Izquierda, combinando además su empleo con una frenética actividad política y sindical durante las décadas de los años setenta y ochenta. Además de formar parte de organizaciones de la izquierda radical que contaban con una fuerte implantación en el ámbito obrero, estas activistas compartieron espacios de militancia feminista e impulsaron la creación de grupos de mujeres en sus respectivas fábricas. Las entrevistas fueron realizadas entre 2009 y 2011 por la investigadora Mentxu Irusta y forman parte de la colección significativa “Luchas obreras en Bizkaia (1968-1992), depositada en el Archivo de la Memoria/Ahozko Historiaren Artxiboa (AHOA). La transcripción e interpretación de las mismas corresponde al autor de este texto.

Desde el punto de vista del género, puede plantearse también que la decisión de entrar a militar en las organizaciones clandestinas entrañaba un importante componente de transgresión del ideal de feminidad que se asignaba a las mujeres desde las instancias educativas y culturales del régimen, muy principalmente la familia patriarcal y la Iglesia.

DE LA FÁBRICA A LA TRIBUNA: LÍDERES SINDICALES EN UN MUNDO DE HOMBRES

Resulta imposible abordar la memoria de los años setenta en la Margen Izquierda sin hacer mención a las huelgas. Las regiones vascas de Gipuzkoa y Bizkaia -y dentro de estas, las zonas más industrializadas y densamente pobladas- ocuparon desde finales de los años sesenta los primeros puestos de las zonas más conflictivas del Estado6YSÁS Y MOLINERO, 1998: 108-110.. Se trataba de unas grandes unidades productivas que estuvieron caracterizadas por una fuerte implantación sindical y una nutrida presencia de organizaciones de izquierda radical que marcaron con su impronta las reivindicaciones del período comprendido entre 1968 y 19777AIZPURU, 2004: 95.. El crecimiento sostenido de las movilizaciones a lo largo de la práctica totalidad de los años setenta ha llevado a algunos autores a definir el clima que se respiraba entonces como “el final inminente de una época”8PÉREZ, 2002: 361.. El régimen dictatorial de Franco se sabía débil y reaccionó con extrema virulencia a las manifestaciones que día sí y día también parecían sucederse en Sestao, Barakaldo y otros municipios de la zona, componiendo un cuadro que se mantuvo inalterado durante la práctica totalidad de la transición. Carreras y cargas policiales, huelgas, conflictos, detenciones, manifestaciones… son parte constitutiva del recuerdo de la época que queda reflejado en los recuerdos de las protagonistas.

Huelga de Tarabusi.

Son muchas las páginas que se han dedicado al heroico movimiento obrero que se enfrentó a la dictadura de Franco. Mucho menor es el número de trabajos dedicados a las mujeres que se enfrentaron tanto al régimen como a la incomprensión de la mayoría de sus compañeros en las organizaciones y en los centros de trabajo. Como señala Nadia Varo, las mujeres que se sumaron al mundo de la protesta a finales de los años sesenta e inicios de los setenta fueron identificadas en numerosas ocasiones con arquetipos de género como “la madre” o “la esposa” del militante político9VARO, 2008: 10.. Como ya señalara Pilar Díaz en su estudio sobre el ámbito madrileño, muchas de ellas lo hicieron guiadas por sus propias inquietudes y expectativas de género10DÍAZ, 2005: 51.. La delgada y porosa línea que separaba lo personal de lo político en la efervescencia reivindicativa de la transición saltó definitivamente por los aires y favoreció la confluencia entre una identidad política y militante de tipo obrerista con el movimiento feminista, en un proceso poco conocido que pasamos a abordar en los siguientes párrafos.

El primero de los aspectos a destacar es que nuestras entrevistadas, Isabel, Oliva, Rosa, Mari Carmen y Ana, asignan una gran importancia a sus inicios como militantes sindicales. Todas ellas describen su participación en las huelgas como experiencias iniciáticas que van a dar entrada a un mundo sumergido, el de la lucha política clandestina de la Margen Izquierda, lleno de estímulos y no exento de riesgos. Los relatos dan cuenta de la excitación experimentada y del prestigio y la vitalidad del que disfrutaba la cultura movilizadora de la izquierda más obrerista. La fábrica constituyó, en todos los casos, el principal escenario de reivindicación laboral y de confrontación con el poderoso aparato represivo de la dictadura, ejerciendo un poderoso influjo en la militancia juvenil que se sumó por aquel entonces en masa al amplio espectro de organizaciones opositoras. Los años setenta comprendieron, como ha señalado Mikel Aizpuru, un verdadero apogeo asociativo en Barakaldo, con un fuerte componente de clase y una primacía inequívoca de los grupos ubicados más a la izquierda del Partido Comunista de España (PCE); fundamentalmente trostskistas y maoistas relacionados respectivamente con la Liga Comunista Revolucionaria y el Movimiento Comunista de España

Los primeros contactos de Isabel García con el mundo de la militancia se iniciaron en 1968, cuando una amiga suya organizada en el entorno cristiano: “me propuso ir un día a una charla que daban en un salón de la iglesia sobre la emigración”. Esta malagueña, que llegó a Barakaldo a mediados de los años sesenta, recuerda que la novedad que entrañaban algunos de esos planteamientos “a mí me gustó, me creó un poco esa curiosidad y me pareció una cosa muy inteligente lo que decían, la lucha de los trabajadores, el porqué de la emigración… un poco… aquello me llegó, tenía que ver conmigo”. Poco después de acceder al mundo opositor clandestino ella recuerda que empezó a tomar contacto “un poco qué era el movimiento, las reivindicaciones obreras, qué era el comunismo… que se hablaba así un poco, en voz baja… y me fui metiendo en ese mundo”. En su caso, la inmersión tuvo una profundidad añadida dado que como ella admite: “aprendí a leer y escribir a través de los panfletos, las octavillas… todo esto que me pasaban de la JOC, del Partido Comunista, o del Movimiento Comunista que era entonces”. Todo compone una unidad semántica en su recuerdo que precede a su paso por numerosas fábricas y talleres, que ella resume como “una etapa muy bonita” de su ciclo vital, caracterizada sobre todo por la juventud y toda una serie de aspectos positivos, al entender que: “yo era una esponja con esa edad, y todo me parecía… bueno, aprender, y a ver…”11Entrevista a Isabel García. Realizada el 3 de diciembre de 2009. Nació en 1952 un pequeño pueblo de la sierra de Ronda, Málaga, antes de trasladarse a vivir a Barakaldo a la edad de diecisiete años. De orígenes muy humildes, la familia se fue agrupando poco a poco e instalándose en la localidad durante los años sesenta. De joven, Isabel entró a trabajar como “chica del servicio” a mediados de esa década en las localidades de Bilbao y Getxo. Poco después ingresó con otras mujeres en la Juventud Obrera Católica (JOC), evolucionando rápidamente hacia posturas comunistas. Sus primeros contactos con la izquierda radical se dieron en las filas del Movimiento Comunista (MC). A inicios de los años 70 pasó a la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Su vocación obrerista le llevó a desempeñar distintos trabajos en talleres de Deusto y Bilbao, pasando posteriormente a trabajar en Artiach y otras empresas de la Margen Izquierda y combinando su actividad sindical con una intensa labor en el movimiento vecinal. Desde 1985 formó parte de la Asamblea de Mujeres de Barakaldo. En la actualidad colabora con el movimiento feminista..

Ana Picaza nació en Sestao en 1953 entró a trabajar en Babcock Wilcox en 1969, con un puesto de mecanógrafa, uno de los pocos trabajos que, junto a la limpieza, daban acceso a las grandes empresas de la Ría. Como ella relata entre risas “ahí nos encontramos con la primera huelga un poco seria. O sea, con dieciséis años y recién entrada a trabajar (risas) pues es el Proceso de Burgos”. Cuando recuerda sus primeros años en la fábrica, ella considera que “eso era la vida laboral continua”, en una secuencia que tenía inicio en “una manifestación, barreras, uno detenido… a veces había muertos, y otra vez manifestación, porque habían matado a alguien, lo habían encerrado, lo había echado de la empresa… y otra vez. Y eso era continuo, así, un continuo…”12Entrevista a Ana Picaza. Realizada el 12 de febrero de 2009. Ana Picaza nació en Sestao en 1953, en el seno de una familia republicana y de izquierdas. Trabajó casi toda su vida laboral en Babcock Wilcox. Formó parte de Comisiones Obreras y del sindicato ESK. También participó del movimiento feminista a finales de los años setenta e inicios de los ochenta.. Rosa García, se sumó a las protestas poco después en General Eléctrica. Ella había nacido en Sestao en 1942 y se había trasladado a Barakaldo a la edad de cuatro años. García considera que “la toma de conciencia fue a través de las luchas que, por diferentes motivos, se originaban en la fábrica. A mí todo eso me llegaba dentro… había gente de Comisiones, del PCE, mujeres del taller”. Así, relata García, “poco a poco fuimos haciendo un grupo y me sentía como arropada”13Entrevista a Rosa García. Realizada el 3 de diciembre de 2009. Nació en Sestao en 1942 y pasó una infancia muy marcada por las dificultades económicas de su familia, contraria el régmen franquista. A la edad de siete años se trasladó a vivir a Barakaldo como parte de una cooperativa de obreros que se construían sus viviendas. Tras unas experiencias iniciales en varias fábricas de Bizkaia entró a trabajar a General Eléctrica, en la que trabajó durante tres décadas. Formó parte de Comisiones Obreras y combinó su labor sindical con la militancia en organizaciones de izquierda radical. También colaboró activamente con el movimiento feminista..

Pegatinas elaboradas para la Marcha del Hierro.

Oliva Esteban nació en Burgos y se trasladó a Sestao a la edad de cuatro años, por lo que entiende que su sentido de pertenencia se sitúa en la Margen Izquierda. Su trayectoria militante se inició en 1973 al poco de entrar a trabajar en la Naval como administrativa, como consecuencia del estallido de una “una huelga de tres meses que se fue reduciendo a uno, pero en casa”. Ella recuerda haberse sentido muy nerviosa durante el conflicto por “haber entrado como muy de nueva, de esto que dices: <jo, a ver si me van a echar>”. En su caso, la tensión y los miedos se vieron incrementados “[con compañeros] diciéndome <¿no tienes miedo, con lo nueva que eres y el poco tiempo que llevas aquí?.>”14Entrevista a Oliva Esteban. Realizada el 12 febrero de 2009. Oliva Esteban nació en 1952 en Burgos, y se trasladó a vivir a Sestao a la edad de cuatro años. Fue trabajadora de la Naval de Sestao y formó parte de las Comisiones Obreras desde 1974, pasando posteriormente al Colectivo Autónomo de Trabajadores (CAT). Durante todo ese período combinó su actividad en la fábrica con su militancia en el MC/EMK y también formó parte de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia (AMB).. Mari Carmen Saiz también plantea que “la primera huelga no se me olvida porque yo acababa de entrar, no sé si fue a la semana o al mes estaba nerviosísima porque era la primera vez que trabajaba. Y me dijo una compañera: <mira, va a pasar una culebra por aquí y yo me voy a marchar”. De modo similar a lo expuesto por Esteban, esta trabajadora de General Eléctrica también se sentía dividida y atenazada por los miedos, tras no participar de la primera protesta que estalló en la fábrica poco después de producirse su llegada, a la edad de diecisiete años. “<ese día que me quedé lo pasé fatal porque veía pasar a todos -confiesa Saiz- y cuando vino [mi compañera] le dije: “mañana voy con vosotros>. Y ya me incorporé a la culebra”15Entrevista a Mari Carmen Saiz. Realizada el 8 de enero de 2009. Nació en Portugalete en 1953, en el seno de una familia de clase trabajadora. A los seis años se trasladó a vivir a Sestao, donde ha residido desde entonces. En 1970 entró a trabajar en General Eléctrica y permaneció en la empresa durante más de treinta años. Tras contactar con distintas organizaciones políticas y sindicales se afilió a Comisiones Obreras y al Movimiento Comunista (MC; luego EMK) a inicios de los años setenta. Formó parte a finales de esa década de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia (AMB) y durante los años ochenta desempeñó una labor destacada en el sindicato ESK, donde trabajará hasta jubilarse..

Los inicios de las mujeres en el activismo aparecen descritos en sus relatos como el inicio de un viaje fascinante que marcaría irremisiblemente sus vidas. Desde el punto de vista del género, puede plantearse también que la decisión de entrar a militar en las organizaciones clandestinas entrañaba un importante componente de transgresión del ideal de feminidad que se asignaba a las mujeres desde las instancias educativas y culturales del régimen, muy principalmente la familia patriarcal y la Iglesia. El testimonio de Isabel García también captura una parte de la ruptura y la liberación que entrañaba esa transgresión del orden simbólico al introducir una anécdota relativa a su ámbito más estrictamente familiar, dinamitado por los aires tras comunicarles su decisión de consagrar su vida al activismo revolucionario: “me cogí la maleta, mi cosa… y me vino un hermano que era el mayor de ellos que vivían con mi madre -recuerda- y me dice: <Pero como te vas a ir, que vas a matar del disgusto a mama, tal, no sé qué>. Y yo ahí toda brava (risas) <Yo para mí está primero la revolución que la familia>. Así éramos”16Entrevista a Isabel García..

Asamblea en la Babcok Wilcox.

La euforia revolucionaria desatada en los primeros setenta y su influjo en la construcción subjetiva de las militantes invita a ensanchar los límites de la agencia de las mujeres en el marco de la lucha antifranquista. Si bien es cierto que, como señala Ancízar en su libro sobre Edesa, la mayoría de reivindicaciones quedaban aplazadas a la caída del régimen en el marco rígido de la lucha antifranquista, podemos añadir que el compromiso revolucionario de las mujeres era susceptible de ser experimentado como una liberación en distintos frentes (la familia, el barrio, el trabajo) a cambio de verse sometidas a los rigores y las vicisitudes de la militancia clandestina17ANCÍZAR, 2008: 91.. Es preciso entender, por otra parte, que los organismos representativos conocidos como Comisiones Obreras reproducían en su interior un imaginario de diferencia sexual fuertemente arraigado en la militancia. Esa dimensión de género otorga un valor añadido a la presencia de las mujeres en las asambleas y otros organismos de toma de decisión, al tener que hacer frente a múltiples incomprensiones que llevaban a ignorar sus demandas en las asambleas y por parte los cuadros de los sindicatos.

Como ha estudiado María del Carmen Muñoz para el caso de las organizaciones obreras de la transición, estas adolecían de una “masculinidad inconsciente” que, amparada en la creencia de la subordinación de las mujeres con respecto al hombre, supeditaba a estas a puestos de escasa responsabilidad en el interior del movimiento. Mari Carmen Saiz alude a una realidad similar para el caso Margen Izquierda y su movimiento obrero al referirse a “unas estructuras sindicales formadas fundamentalmente por hombres”, hasta el punto de que “había como mucho dos mujeres en cada comité”. En otro punto de la entrevista ella asegura que “en aquella época todo eran hombres”, para remarcar su posición excepcional en el ámbito del movimiento obrero. Oliva Esteban también refiere a una realidad análoga al asegurar haber estado “en cincuenta mil asambleas sola”18Entrevista a Oliva Esteban.. Lejos de amilanarse ante la extrañeza que provocaba la presencia de las mujeres en las asambleas, las narradoras se vieron contagiadas por una sed de liberación generalizada que pronto alcanzaría cotas hasta entonces no vistas, en lo que respecta al género.

El magma reivindicativo de la transición entrañó una exploración de los límites de lo posible, adquiriendo un carácter liberador que queda magnificado por el trabajo del recuerdo.

Uno de los aspectos más destacados de las narrativas estudiadas es el relativo a la asunción de liderazgo por parte de las mujeres. La escasa presencia de mujeres en los puestos de responsabilidad en los organismos obreros permite explicar el fuerte el orgullo que experimentó Oliva Esteban cuando resultó elegida como representante de su fábrica en las elecciones sindicales, de las que la militancia de Comisiones participaba sin hacer explícita su oposición al régimen, siendo un estímulo el reconocimiento mostrado en los votos. Atendiendo a la dimensión genérica del activismo sindical de entonces, ella considera que su prestigio entre los trabajadores fue creciendo cuando “vieron que era una mujer que peleaba, porque era la única mujer que hablaba en las asambleas y podía tener mi círculo o grupo, digamos, de influencia…”19Entrevista a Oliva Esteban.. Rosa García también expresaba una gran satisfacción al recordar el momento en que: “los de mi sindicato, que era la CECO, me dijeron que bueno, que me encargaba de las oficinas generales. De coordinar un poco la recogida de dinero [para una caja de resistencia]”20Entrevista a Rosa García.. Mari Carmen Saiz entiende igualmente que su activa participación en las reuniones clandestinas que tenían lugar en su sección de la fábrica supuso que “fuera creciendo… no sé… la responsabilidad que yo veía que tenía con el resto de la gente”21Entrevista a Mari Carmen Saiz..

Los casos expuestos en el párrafo anterior, aunque excepcionales, permiten introducir matices en los relatos excesivamente centrados en la subordinación de las mujeres en el interior del universo obrero. Los testimonios apuntan hacia importantes procesos de empoderamiento que tuvieron repercusión en los planos personal y colectivo, permitiendo detectar toda una serie de fuerzas y de tensiones que hicieron emerger con fuerza al movimiento feminista a partir de la segunda mitad de los años setenta. El significado liberador que subyace a esas narrativas también puede identificarse con la conquista de espacios que hasta el momento se habían reservado para los hombres. El magma reivindicativo de la transición entrañó una exploración de los límites de lo posible, adquiriendo un carácter liberador que queda magnificado por el trabajo del recuerdo. Así, Rosa García recuerda que la época comportó una novedad extraordinaria dado que “hasta entonces no había subido ninguna mujer a hablar a la tribuna, porque… era cosa de hombres. Y sobre todo de hombres especiales… líderes sindicales quiero decir. Y entonces empezaron a subir mujeres”. Embargada por la emoción que se desprende de aquellos recuerdos, ella se afana en describir la impresionante escena que arrojaban las calles atestadas y las caras expectantes que aguardaban a escucharla: “ves abajo toda una masa inmensa… vestida de azul. Y que todos están con la cara así mirándote para arriba (ríe) y yo me sentía una cosa… pues insignificante. O sea, que no me salía la voz del cuerpo”22Entrevista a Rosa García.. Su memoria también se detiene en describir de modo impresionista un enclave que retiene buena parte de emoción de entonces:

“subíamos a la plaza de Sestao, que empezamos a nombrarla como Plaza Roja. Y allí todos los líderes sindicales, políticos y no sé qué, intervenían. Y desde luego era increíble, como… yo es que… o sea, lo estoy viendo, subíamos la gente de la General y de la Babcock, que habíamos quedado en la hora de salida, subiendo por toda la cuesta de Galindo… aquello era un río humano. Era terrible, terrible”23Entrevista a Rosa García..

Oliva Esteban también proporciona un testimonio muy interesante que la sitúa en el epicentro de la oleada de huelgas de finales de los años setenta, asumiendo un papel protagonista que no parecía verse lastrado por su condición de género sino potenciado por la atmósfera de reivindicación y lucha obrera que reinaba en Barakaldo, Sestao y el conjunto de la Margen Izquierda. Su relato de vida permite dar cuenta de un momento excepcional en el que la voz de las mujeres se hacía un espacio entre las de los líderes más distinguidos del momento:

“La Naval subíamos por [calle] Cueto, Altos Hornos subía por [calle] La Iberia, La General y la Babcock por [calle] Galindo. O sea, es que era impresionante. Y estábamos ahí toda la representación […] Bueno, estamos así todos en fila. Es que en esas también me tocaba hablar a mí. Hablaba en la plaza por pura militancia.”24Entrevista a Oliva Esteban..

Todas las entrevistadas dedican un lugar especial en sus relatos de vida a las manifestaciones multitudinarias que atestaban las calles de Barakaldo y de Sestao. La memoria de las protagonistas hace coincidir esos episodios con un espíritu optimista, reivindicativo y luchador que sirve para dar sentido a toda la época del tardofranquismo y la transición. “Había gente de todos los sitios, de toda la Margen Izquierda y de mucho más allá -asegura Mari Carmen Saiz- ¡La verdad es que los recuerdos son impresionantes! las manifestaciones que hacíamos cuando subíamos a Sestao con los de la Babcock, con los de Altos Hornos, bueno… ¡estábamos miles de personas!”. Ella destaca que en ese tiempo marcado por la lucha obrera “había muchas ganas, de cambiar el sistema, de cambiar el régimen, de luchar por las libertades, de luchar por mejorar las condiciones de vida, [que] había un entusiasmo tremendo, en aquella época, con todas esas ilusiones que teníamos”25Entrevista a Mari Carmen Saiz.. Isabel García describe de modo muy similar la presencia de “un movimiento fuerte, como ahí la izquierda de entonces, la revolución, era… el cambio total”. “Y me acuerdo de eso -asegura- de las luchas que hacíamos de fábrica en fábrica, las culebras que hacíamos, para que la gente se fuera sumando… la historia esta tan bonita… que pensábamos que podíamos cambiar el mundo”26Entrevista a Isabel García..

LAS MUJERES EN MOVIMIENTO: EMERGENCIA Y CONSOLIDACIÓN DEL MOVIMIENTO FEMINISTA

El discurso feminista se alimentó de la euforia transformadora de la transición y fue adquiriendo una centralidad cada vez mayor en la militancia de algunas mujeres a partir de los años 1976 y 197727VILLAR, BORDERÍAS, IBARZ, BORRELL, 2003: 195-198.. La fuerza del movimiento de las mujeres había quedado patente en la exitosa convocatoria a finales de 1977 de las Jornadas de la Mujer de Leioa y en la conformación de una red cada vez más potente de militantes agrupadas en torno a la Asamblea de Mujeres de Bizkaia (AMB). La existencia de este organismo multiplicó los grupos de mujeres que existían en la geografía de la provincia y fue muy importante para dinamizar la creación de los mismos en las grandes industrias de la Ría. Mari Carmen Saiz recuerda que tras la constitución de la AMB “empezamos a juntarnos también en las fábricas, un grupito de mujeres afiliadas a diferentes organizaciones sindicales, incluso algunas no afiliadas, era una forma unitaria de juntarnos”. Haciendo memoria la entrevistada recuerda que “nos coordinábamos con La Babcock, con la Naval… también con la misma idea de poner en común las preocupaciones que teníamos en torno al tema de las mujeres en las fábricas”28Entrevista a Mari Carmen Saiz.. Oliva Esteban, que también combinaba su labor como dirigente obrera con la conformación de un grupo de mujeres en La Naval de Sestao, relata que: “la Asamblea de Mujeres de Bizkaia me parece que entró aquí pues… a primeros del setenta y seis. Entonces bueno, yo estaba en la Asamblea. Y para finales del setenta y seis, setenta y siete, teníamos un grupo de mujeres ya hecho en la Naval. Nos reuníamos en mi casa siete mujeres”29Entrevista a Oliva Esteban..

Fotografía de las I Jornadas Feministas de Euskadi, celebradas en Leioa en 1977. Centro de Documentación de la Mujer Maite Albiz.

La entrada del feminismo introdujo una reorientación algunas militantes obreras que vieron en el movimiento una nueva tabla reivindicativa a introducir con urgencia. Mari Carmen Saiz recuerda que la principal preocupación por aquel entonces “era que las mujeres no se marcharan de la fábrica, por la importancia que dábamos a la independencia económica como una forma de autonomía para las mujeres. Claro, ¿todo esto a qué te lleva? Te lleva a muchas cosas, también a nivel personal, a intentar dar pasos de avance”30Entrevista a Mari Carmen Saiz.. Rosa García consigue rescatar de su memoria otras de las reivindicaciones iniciales de, asegurando que para la altura de 1976-1977 “habíamos tenido en la fábrica reuniones de mujeres, específicas, concretando también nuestra plataforma, qué queríamos incluir en los convenios, como guarderías en la fábrica, horas de lactancia para las que tenían hijos, reducción de jornada, excedencia por maternidad…”31Entrevista a Rosa García.. Oliva Esteban también guarda un grato recuerdo de los momentos en que: “estábamos haciendo carteles para poner en la fábrica, por el divorcio… por el aborto, por las campañas que marcase la Asamblea [de Mujeres], que era desde donde venían todas las ideas. Y la verdad es que fue también muy bonito…”32Entrevista a Oliva Esteban..

Manifestación de 1977 con mujeres en el primer plano.

Al mismo tiempo que el feminismo conectaba con la disposición combativa de las militantes obreras, el movimiento dotaba a las mujeres de una serie de herramientas para redefinir su posición en las fábricas, su identidad y sus relaciones en las organizaciones de izquierda, en las que siempre existió una fuerte resistencia a asumir los postulados feministas: “Para nosotras fue como un revulsivo -asegura Mari Carmen Saiz-, como una necesidad de empezar a reivindicar cosas hacia afuera, hacia las empresas, plantear nuestras reivindicaciones, pero también hacia dentro, también hacia nuestros propios compañeros de sindicato”. Al mismo tiempo reconoce que hubo de experimentar dificultades e incomprensiones por parte de otros compañeros del sindicato, apuntando que “se nos tachaba de radicales, de que íbamos en contra de los hombres”33Entrevista a Mari Carmen Saiz.. Isabel García plantea que “tú estabas elaborando un proyecto de cambio y lo que hacías es reivindicar, pues el derecho al aborto, la igualdad, mismo salario (…) nos peleábamos por guarderías, por comedores, por llevar un poco la vida privada… que también era pública”, dejando así atrás “eso de estar en una célula y la mujer allí poniendo café, cosas de estas, ¿no? Que era haciendo la revolución para aquella cuidando los niños y a su marido”34Entrevista a Isabel García..

La aparición del movimiento de las mujeres vino a coincidir con el punto álgido de las luchas obreras, lo que tuvo una influencia muy notable a la hora de orientar a las militantes hacia nuevos terrenos para la reivindicación. El peso adquirido por el feminismo a la hora de ejercer una valoración retrospectiva de lo vivido es tan importante en el caso de Oliva Esteban que a la hora de recordar su actividad como líder sindical considera que: “En aquel momento me podía más la conciencia… feminista, que la conciencia de clase”, dado que ya para entonces “teníamos muy claro que tenía que haber una representación de mujeres”35Entrevista a Oliva Esteban.. En un sentido similar, Mari Carmen Saiz enfatiza que la participación de las mujeres de los trabajadores en las huelgas llevó en ocasiones a organizar sus propias protestas diferenciadas. Ella relata que estas iban “a montar barrilas… a ponerse en las puertas…a hacer piquetes… a animar a los trabajadores”, lo que presentaba una importante novedad con respecto a su vida cotidiana durante los momentos previos, muy centrada en el espacio doméstico. Aquel aprendizaje acelerado terminaría según ella por investir a aquellos instantes de un carácter extraordinario:

“Ya no eran lo que les contaban sus maridos, sino lo que ellas vivían día a día, ¿no? Participando en las asambleas, participando en las movilizaciones, siendo ellas también las que tomaban decisiones sobre qué cosas hacer, dentro de sus posibilidades. La verdad es que eso recuerdo como una cosa… un momento muy interesante”36Entrevista a Mari Carmen Saiz..

El significado de las grandes huelgas de los setenta es interpretado desde el presente como un hito fundacional de la identidad feminista de las entrevistadas. Rosa García también extrae una lectura similar de algunos momentos vividos a finales de esa década. Uno de los aspectos más destacados de su recuerdo se relaciona con la conformación efímera de grupos de mujeres, que se reunían en la iglesia de Repélega: “Empezamos a juntar unas cuantas mujeres de trabajadores, las más concienciadas… y esas mujeres trajeron a otras. Allí discutíamos toda la problemática de las mujeres trabajadoras, de las mujeres de los trabajadores, de todo. Fue una cosa… yo creo que fue muy importante…”. El significado inequívocamente feminista de aquella experiencia de lucha y resistencia obreras queda sintetizado por ella al plantear que: “…todas las vivencias que habíamos tenido durante muchos años desembocó también un poco en comprender que nosotras, además de… de trabajadoras de las fábricas, éramos mujeres […] o sea, fue como un intercambio de experiencias y de avance un poco de la solidaridad entre nosotras mismas”37Entrevista a Rosa García..

Esta voluntad emancipadora que prima en el recuerdo de las entrevistadas en lo que refiere al último tercio de los años setenta contrasta poderosamente con la imagen de devastación que se apoderó de Sestao y Barakaldo durante la década siguiente, marcada por la adopción de posturas cada vez más defensivas y desesperadas frente al avance imparable de la desindustrialización. Las organizaciones obreras se vieron cada vez más divididas e incapaces frente a una oleada de cierres y despidos que comportó, en una gran cantidad de casos, el desmantelamiento práctico de las otrora poderosas industrias de la Margen Izquierda, dando lugar a un nuevo escenario dominado por la crisis económico y el arruinamiento de la zona. Las mismas mujeres que habían formado parte destacada de los organismos de representación obrera se vieron desplazadas de sus puestos de trabajo ante la pasividad de sus compañeros, en un proceso que pasamos a analizar con más detenimiento en el siguiente apartado.

LA DESINDUSTRIALIZACIÓN Y LA LARGA AGONÍA DEL MUNDO OBRERO

La desindustrialización es uno de los procesos históricos más característicos e importantes del pasado siglo veinte, marcando poderosamente el destino de muchas sociedades modernas repartidas por distintos puntos del planeta38COWIE Y HEATCOTT, 2003: 2.. Situado tradicionalmente en el ámbito de los “cambios urbanos”, el estudio de la desindustrialización implica toda una serie de transformaciones económicas, especiales, políticas y culturales que se relacionan con las consecuencias de la globalización y que desbordan las posibilidades de este texto. En este apartado nos centramos en el arruinamiento de la Margen Izquierda para enfatizar la parte vivida del proceso de expedientes, despidos, cierres y demoliciones de las antiguas fábricas de la Ría, enmarcadas en un contexto más amplio de paisajes y legados generacionales que tienen como principal terreno del estudio el de la memoria39MAH, 2011: 11. Como ha planteado el especialista Steven High en una obra colectiva de reciente aparición, el cierre y demolición de los centros industriales supuso un antes y un después en las vidas de miles -cuando no millones de familias de clase trabajadora40HIGH, MCKINNON, PERCHARD, 2017: 2. Haciendo propia la opinión del historiador Rafael Ruzafa podemos señalar que la desindustrialización fue, junto a la violencia política, la gran cuestión vasca de los años ochenta41RUZAFA, 2017, 14. Las voces incluidas en este apartado podrían incluirse junto a lo que él ha denominado “las caras tristes de un proceso histórico”.

La destrucción de puestos de trabajo creció a un ritmo imparable desde finales de los años setenta como consecuencia de los cambios introducidos en la economía mundial tras la crisis del petróleo de 1973. Entre 1975 y 1995 se perdieron más de cien mil empleos industriales en Bizkaia, prácticamente la mitad de los que existían en la provincia. Cabe destacar que Barakaldo presentaba durante las décadas de 1980 y 1990 uno de los índices de desempleo más altos del Estado español, en torno al 30% viéndose superado solamente por Sestao, con un alarmante 36% de desempleo. La desaparición del tejido industrial y la pérdida de miles de puestos de trabajo provocaron a su vez un importante aumento de la pobreza, la marginalidad y la delincuencia, en un marco de crisis, recesión y decadencia generalizadas que hizo del final del siglo veinte un período particularmente complicado y caracterizado por la adopción de un cierto “síndrome de fatalismo” en la zona42AIZPURU, 2011: 161-165. Se trataba de los primeros síntomas de lo que posteriormente habría de denominarse globalización económica, que comportaban una deslocalización de la producción y un abandono de las regiones industriales tradicionales en Europa.

Pegatina de la Coordinadora de Fábricas de Vizcaya, 1977.

Un artículo publicado en el País en 1999 daba cuenta de la devastación percibida por cualquiera que visitara la zona en esas fechas: “Sólo una decena de kilómetros separa Bilbao de Barakaldo, la localidad de la Margen Izquierda más cercana a la ciudad. Sin embargo, el paisaje se va transformando al adentrarse en la zona hasta convertirlo en un territorio donde el abandono amenaza con invadirlo todo”. Tan sólo unos años antes una investigación del diario Egin contabilizaba una superficie superior a los tres millones de metros cuadrados de ruinas industriales en la provincia de Bizkaia. Las consecuencias de ese proceso se extienden hasta nuestros días, en una herida que, como indicaba un reciente artículo de la revista Pueblos, sigue supurando y en carne viva.

Las palabras de la entrevistada Oliva Esteban reflejan una parte de la devastación y la angustia percibidas en la zona a inicios de los años noventa, al confesar que “No me lo podía creer (…) El cinturón de la Margen Izquierda no existe… La clase obrera ha desaparecido”43Entrevista a Oliva Esteban.. Aunque los primeros años ochenta fueron prolijos en protestas, éstas no consiguieron recabar los apoyos masivos que se habían dado a mediados de la década anterior, poniendo de manifiesto la debilidad del movimiento obrero. Mari Carmen Saiz recuerda que a inicios de la década de los ochenta tuvieron lugar los primeros expedientes de regulación en su fábrica: “Se planteó así, como el mal menor. Y nos opusimos fuertemente porque nos parecía que era abrir la puerta a lo que iba a venir después, a una reconversión feroz estábamos en manos de unas multinacionales que luego pasaban [la empresa] de una mano a otra. Y claro, nos daba ese miedo de abrir la puerta a lo que nos iba a venir luego”44Entrevista a Mari Carmen Saiz.. El relato de vida de Ana Picaza se estructura con claridad por la presencia de emociones antitéticas referidas a épocas distintas, arrojando como resultado una dolorosa experiencia de agotamiento en lo que refiere a la experiencia de lucha acumulada durante los años previos:

“He pensado muchas veces en eso. La verdad es que los años primeros reivindicativos… los setenta, había una solidaridad tremenda. Se debatía mucho a todos los niveles. Había ilusión y muchos debates […]. Desde el ochenta ya fue una cosa totalmente diferente. Se enrareció un poquito el ambiente entre la clase trabajadora, ya no tenía nada que ver con lo anterior, ya luego parecía que no era clase trabajadora aquello”45Entrevista a Ana Picaza..

Como ha señalado Arantza Ancízar en su libro sobre las trabajadoras de Edesa, el contexto de la crisis industrial fue experimentado por las mujeres como un retroceso en lo que respecta al territorio que habían conquistado en sus empresas durante los años previos, al darse un profundo cuestionamiento de su derecho al trabajo y una fuerte presión para que estas dejaran sus puestos de trabajo46ANCÍZAR, 2008: 149. Rosa García, por ejemplo, relata que los expedientes de regulación en su empresa “fueron fundamentalmente para las mujeres (…) a mí me tocó desde el principio y estuve así, no sé… desde los ochenta… pues igual diez años o así”. Ello obedecía, en su opinión, al hecho de que “siempre ha habido la sensación y la idea en los hombres de que las mujeres les quitamos los puestos de trabajo. Lo tenían muy dentro, que el mejor puesto de la mujer era estar en casa (…) Incluso se daban los casos que el marido trabajaba en la fábrica con ella -apostilla-, y la que salía era ella”. De modo tajante, ella asimila lo acontecido durante la desindustrialización con “un retroceder otra vez hacia los tiempos del franquismo, donde por ley estaba que la mujer tenía que estar en el hogar (…) pues esa consigna, como que rebrotó”47Entrevista a Rosa García..

La oleada de cierres y demoliciones continuó imparable durante los años noventa. Mari Carmen Saiz considera que lo acontecido ese tiempo tuvo una influencia muy negativa en su persona: “ha sido un continuo eliminar de puestos de trabajo, tras el primer expediente de regulación de empleo, expediente tras expediente, reconversión tras reconversión -señala- después del noventa y cuatro, del noventa y cinco… de verdad, que yo ahí lo pasé mal, sobre todo por la impotencia…”. Su relato dibuja una trayectoria descendente al relatar como paulatinamente: “vas viendo que ya se va perdiendo el ambiente que había, anterior, vas viendo que muchos de tus compañeros y compañeras se van yendo, que cada vez estás más aislada del mundo laboral y sindical. Fue un momento duro, no por bajar al taller, no por el trabajo, sino un poco por lo que vas viendo que se va perdiendo…”. En un momento posterior de su relato, ella vuelve a incidir en la parte más trágica de esa experiencia al asegurar que: “hubo un momento que yo lo viví mal, daba la sensación de que nos quedábamos solas”48Entrevista a Mari Carmen Saiz..

Pegatina contra los despidos de Tarabusi, 1976.

Ana Picaza también plantea que durante la crisis que precedió a los cierres: “las mujeres empezamos a darnos cuenta de que éramos las primeras que estábamos en el punto de vista para marcharnos, porque entonces se veía muy mal que un marido trabajara y su mujer también, y nos decían que estábamos quitando el trabajo a los hombres”. Ella considera que “hubo de pelear muchísimo porque hasta los compañeros del sindicato no se veía” y que en líneas generales “nunca se nos hizo ni caso, pero bueno, nosotras lo peleábamos mucho, hacíamos muchísimo hincapié <una persona, un puesto de trabajo>”. Su relato arroja una interpretación ambivalente del proceso desindustrializador a señalar a la estrecha connivencia que existía entre la dirección de su empresa y el gobierno socialista: “igual no nos trataron tan mal como a otros -señala- nos convertimos un poco en los niños ricos. Porque como cuando un imperio va a caer, es al revés, se quiere hacer que todo muy bien (…) y se empezó a prejubilar gente con cincuenta y dos años”. En lo que respecta a la lucha, ella considera que durante todo el período final “hubo muchísima división, muchísima, y los sindicatos jugaron un papel fundamental porque yo creo que nos engañaban muchas veces”. En su conjunto, considera que “la década de los noventa fue pasar por varias empresas. Unos eran suecos, otros eran alemanes. Y todos prometían pero realmente nadie trajo más trabajo, nadie…”49Entrevista a Ana Picaza..

La toma femenina de la palabra en los espacios de trabajo constituyó un momento de elevada importancia simbólica en la trayectoria vital de las militantes obreras y en la conformación de una identidad feminista que, de modo retrospectivo, se alimentó de la euforia reivindicativa de los años del tardofranquismo y la transición.

CONCLUSIONES

En este texto nos hemos propuesto examinar la experiencia de la lucha obrera desde la perspectiva de un grupo de mujeres sindicalistas de la Margen Izquierda. Los testimonios analizados apuntan a la importancia adquirida por la fábrica, el trabajo y la la lucha antifranquista como elementos que dieron lugar a momentos de excepcionalidad que ofrecían un margen de agencia a las mujeres para transgredir los límites impuestos desde el género. La iniciación en el mundo laboral y las luchas sindicales también permitieron vislumbrar unas posibilidades de liberación que favorecieron el desarrollo del movimiento feminista en distintas empresas de la Margen Izquierda.

La toma femenina de la palabra en los espacios de trabajo constituyó un momento de elevada importancia simbólica en la trayectoria vital de las militantes obreras y en la conformación de una identidad feminista que, de modo retrospectivo, se alimentó de la euforia reivindicativa de los años del tardofranquismo y la transición. El feminismo también comportó un replanteamiento de la militancia en la fábrica y una progresiva identificación con la realidad de la doble explotación, introduciendo, además, un conjunto de reivindicaciones propias y un fortalecimiento de la solidaridad entre las mujeres.

El agónico proceso de cierre y desmantelamiento de las grandes industrias de la Ría puso de manifiesto la debilidad del movimiento obrero y tuvo consecuencias muy negativas desde el punto de vista de género, provocando un reforzamiento de los prejuicios machistas que existían entre los trabajadores. El repliegue de los sindicatos hacia posturas discriminatorias supuso una cancelación de la apertura que se había producido al calor de las grandes movilizaciones de los años setenta.

El gesto reflexivo que introduce el trabajo del recuerdo también demuestra la existencia de importantes transformaciones en la subjetividad de las mujeres que participaron de la lucha obrera en la Margen Izquierda durante el último cuarto del siglo veinte. Su memoria nos muestra, tres décadas después, que fueron incorporando en su cotidianidad elementos procedentes de la identidad y de la praxis política feminista, dando lugar a lecturas de su propia experiencia que ponen de manifiesto que muchos de los objetivos que se perseguían entonces siguen sin alcanzarse todavía.

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